CAPITULO III


CRIPTOJUDAISMO Y EL OPUS DEI


8. IDENTIDAD ENTRE EL "ESPIRITU DE LA OBRA" Y EL "ALMA JUDÍA"


Lo que se denomina "Espíritu de la Obra" y lo que se entiende por "alma judía" son conceptos sinónimos. Ambos están inspirados en la moral talmúdica, severa, rígida, prescriptiva, de militancia y obediencia ciega, de estricto cumplimiento. Sólo se puede llegar a entender la mentalidad que preside los actos del Opus Dei, si antes se ha entendido la noción de lo judaico como estilo de vida y comportamiento.

Cuando Menéndez Pelayo se refiere a Fray Luis de León le llama "alma hebrea" porque en sus teorías observa reminiscencias de sus antecedentes. De igual forma y por los mismos e idénticos motivos, el alma del Opus, su espíritu, tiene el marchamo de lo hebreo.

Sus indicios, sus insinuaciones, su disimulo, la ocultación como principio y la mentira como práctica no dejan lugar a dudas. Personas que por norma mienten, niegan su condición de pertenencia a la Obra, delatan ante sus superiores a sus hermanos si observan que se apartan de la ortodoxia y les hacen correcciones públicas y vejatorias, sólo cabe dentro de una mente judía, alejada de la luz y de la afirmación cristianas, de la caridad y del amor al prójimo, de la comprensión y la transparencia que deben presidir la vida simple y natural del cristiano.

En el Opus no hay libertad, sino sumisión. Ni la correspondencia, ni las amistades, ni las lecturas, ni las relaciones más íntimas y personales se escapan del control de la organización. Las confidencias, el vacío psicológico semanal de los miembros, se pasa a máquina por triplicado. Es vivir vacío, sin contenido, sumido en la desconfianza y el recelo de sus semejantes que es la antípoda del verdadero amor a los hombres.

Vivir en el Opus es reencarnar el espíritu judaico en su más exagerada manifestación. La ambición, la avidez, el rencor, el odio. Escrivá resume los rasgos ideales, los perfiles señeros de sus miembros como "audaces, sagaces, despiertos y pillos" bajo los auspicios de la "santa eficacia, santa desvergüenza, santa intransigencia o santa coacción", lo cual no es, como modelo, un dechado de virtudes, por mucho que Escrivá se empecine en santificarlas.

Los miembros del Opus, al igual que los judíos, deben de tener una alta concepción de sí mismos. Deben considerarse los elegidos, los selectos, los protuberantes.

También están unidos judíos y miembros de la Obra por su sentido reverencial ante el dinero. No son nada idealistas y su sentido es eminentemente práctico respecto de los bienes materiales.

Entre ellos la asistencia y la ayuda mutua es sólo para sí. Barren siempre hacia adentro. Están siempre dispuestos a recibir sin dar nada a cambio. No comparten ni sus bienes, ni sus riquezas con otros que no sean de su misma condición. Su divisa, en este aspecto, recuerda a la leyenda del repostero que se exhibe en la sala de estar de la residencia del Opus, Nethernhall, en Londres que dice "el hermano, ayudado por el hermano, es como una ciudad amurallada". (170) Pero claro, los hermanos son ellos, sólo ellos y nada más que ellos.

El mito del "pueblo elegido" está agudizando en ambas comunidades. Los judíos no hacen más que repetirlo machaconamente, que son el pueblo elegido por Dios. Los miembros del Opus Dei se jactan entre sí de su "elección divina". Es una idea que se les repite con insistencia para que se imbuyan de ella y la compartan. Con todo empeño se les hace creer que ellos, por eso del Opus, son los elegidos de entre los llamados. Incluso cuando se les admite y penetran, en su recepción, cuando "pitan", se les felicita por ese inestimable "regalo de Dios", por haber fijado Dios su atenta mirada en el neófito cuando abandonaba y renunciaba a todo para confiarse al Opus, que ya durante su vida y en su morada lo tendrá a buen recaudo como corresponde a un "privilegiado".

Entre las enseñanzas que se imparten a los judíos se les educa con argumentos como estos:

"- ¿Sabes, hijo mío, que solamente las almas de los judíos descienden del primer hombre?
 - ¿Quién dice eso, papá?
 - El Talmud... Y ¿sabes que el mundo ha sido creado sólo a causa de Israel?
 - Y eso, ¿quién lo dice?
 - También el Talmud. Está en el Tratado Bereschich Rebba, sección 1. Los bienes, por tanto, que poseen los otros hombres, en realidad pertenecen a los judíos". (171)

El Talmud dispone minuciosamente cómo deben vivir los judíos. Prescribe hasta los detalles más nimios e insignificantes. Su vida está reglada, coartada. De ahí el elogio a la mansedumbre, la discreción o la sagacidad vulpina, tan cara a los judíos y a los miembros del Opus.

Se dice que la fuerza de los judíos, como la del Opus es la de callar y que la pervivencia reside en el secreto. Ellos se sienten orgullosos de ser judíos o del Opus, aunque no lo digan, no lo manifiesten, lo oculten. Es preferible que nunca lo digan, que no lo exterioricen, porque en el silencio de su condición reside su mejor y más resguardada protección, porque así pueden impunemente realizar sus planes ocultos, entre la ignorancia de los demás, porque actúan siguiendo planes según tramas invisibles e inexplicables para los que les rodean.

No olvidan y celebran el pasaje del Exodo, cuando Aarón, sumo sacerdote hermano de Moisés, ante el pueblo en su derredor, con gran alborozo, mostrándole el becerro de oro les insta: "Israel, he aquí a tu Dios" y no cabe duda que el Opus es un reflejo del pueblo de Israel.

Se presentan como místicos y religiosos aunque su esperanza se cifra sólo en los bienes de este mundo, pues ignoran lo que hay más allá y por eso quieren establecer su paraíso en la tierra. Piensan que Dios les ha creado no para ganar el cielo, sino para dominar y someter la tierra. Esa es su fe. (172)

Para los judíos, igual que para el Opus "el libertador saldrá de Sión" según el apóstol Pablo cuando repite la promesa de Isaías.

Su espíritu es calculador. Por eso se infiltran tan hondo entre los bautizados. No les importa el desprecio del pueblo si saben ganarse la confianza de los gobernantes. Saben bien que los cargos públicos son el mejor medio de allegar riquezas.

Sobre la condición social de los conversos en general, nos habla del asunto el cura de los Palacios cuando escribe "y comúnmente por la mayor parte eran gentes logreras, e de muchas artes y engaños, porque todos vivían de oficios holgados, y en comprar y vender no tenían conciencia para los cristianos. Nunca quisieron tomar oficios de arar ni cavar, ni andar por los campos criando ganado, ni lo enseñaron a sus fijos salvo oficios de poblados y de estar sentados ganando de comer con poco trabajo", (173) El retrato psicológico del espíritu que anidan sería extrapolable al día de hoy.

Buscan los oficios más lucrativos. Su instinto de ganancia nunca falla y se aprovechan siempre de cualquier situación. Tienen una habilidad innata - dice Baer - para los negocios financieros, que es una de las clásicas características de la raza judía y del clan opusino.

Los miembros del Opus hacen "sus rezos" y este es un punto de unión, tienen su repertorio de oraciones peculiar. Recitan los Salmos que les prescriben.

Otra de las características del espíritu de la Obra es el positivismo, la doblez, la esperanza a corto plazo, la tenacidad, cierto espíritu religioso o semisupersticioso por un escaso número de verdades de simple expresión - más bien sentidas o practicadas que creídas con fe teórica - solidaridad instintiva entre sus correligionarios, sobre todo cuando se trata de problemas prácticos, de escándalos que puedan trascender.

Podrán ser formalmente cristianos. Gesticulan en cristiano. Adoptan exteriormente los modos y maneras de los cristianos. Pero se comportan en todo como judíos. Eso se descubre conociendo su confuso lenguaje, adivinando lo que quieren y lo que no expresan.

Para el judío, como para los del Opus, su vida es una permanente contradicción porque carecen de dirección fija y consecuente. Son hombres prácticos ante todo, con ideales de apego a este mundo al que se subordina el otro, entes materializados más que materialistas incluso, anclados en la falsa creencia de haber sido elegidos; su dialéctica es el argumento de la prescripción, la verdad que les interesa, sus afanes, la ambición y el vivir la vida en el reino de este mundo. La salvación hecha a su medida, por eso se aferran tenazmente a su pensamiento, a su afán. Su salvación es por ley, por eso creen en un Dios personal y lejano que sólo se acerca mediante su poder a requerimiento de prácticas meramente materiales.

Sus expresiones pueden sonar a cristianas, pero no lo son.

Judíos y miembros del Opus tienen una gran afición a la oración conjunta, los unos en sus sinagogas, los otros en sus oratorios y retiros. Los del Opus no frecuentan cualquier templo, ni siquiera eligen cualquier Iglesia. Tienen que ir a los oficios y a los recintos que se les indica, confesarse con sacerdotes del Opus y evitar el contacto espiritual y de relación en otros centros religiosos. No acuden a su parroquia a los oficios. Sólo van a ciertos templos, donde casi disimuladamente y en secreto, saben que también van los únicos a los que consideran hermanos y correligionarios.

Suelen ser muy hipócritas. Insinceros. La falta de honradez para con los demás que no sean los suyos es algo habitual. Dentro, no se fían de él ni él de nadie. Es la moral del condenado por desconfiado.

El rito es para el judío y para los miembros del Opus vehículo de salvación. Subordina lo religioso a lo material y no viceversa. Esa es la gran revelación tanto del espíritu de la Obra como del alma judía.

La salvación y la santidad se les certifica y garantiza mediante el trabajo. (174) Cuanto más trabajen, eso si, para la Obra, más santos. La docilidad y la servidumbre es una valoración positiva del trabajo. Cuanto más trabajen, mayores serán las ganancias de la Obra y por supuesto ésta les dirá que son santos. Escrivá ha dicho que "el mensaje del Opus Dei es que se puede santificar cualquier clase de trabajo" sin importar demasiado las circunstancias en que se desarrolle. Una de las palabras que más se repite en los Estatutos internos de la Obra es "disponibilidad" que la encontramos en numerosas ocasiones. Sus pretensiones son la consecución de una disponibilidad absoluta y de sus miembros por medio de las técnicas de lavado de cerebro.

De los judíos se suele decir que tienen lengua suave, sangre fría y piel dura. Los del Opus tienen el mismo caparazón, la misma consanguinidad y por supuesto el propio verbo.

Ni siquiera la comunicación de su mensaje o de cualquier transmisión de conocimiento la regalan. Dice el biógrafo oficial de Escrivá, Salvador Bernal, que el fundador del Opus "nunca aceptó que la enseñanza fuese gratuita en las obras apostólicas promovidas por el Opus Dei en el terreno docente". (175) Dar es pecado, aunque sea enseñar al que no sabe, recibir una exigencia. Por eso, "en la obra se pide, se exprimen a las familias de los socios, a los amigos, a todo el que se acerca". (176)

El Opus tiene alma judía: a) porque da a sus palabras un significado distinto al que se le atribuye en el lenguaje corriente y ordinario, no correspondiendo su sentido al corriente de la palabra; b) porque enmascaran la realidad de las cosas utilizando argumentos ambiguos, lo que les permite infiltrarse y ocupar posiciones dominantes; c) porque no quieren que se debata y se discuta abiertamente la cuestión del Opus a la luz del día; d) porque el secreto y el disimulo se han convertido en su segunda naturaleza y han configurado su personalidad; e) porque en el Opus hay muchos conceptos: económico, religioso, financiero, comercial, servicio de inteligencia...; f) porque pretenden el monopolio de Dios y obtener el máximo beneficio como corresponde a su posición de monopolio en las leyes de mercado; g) porque manipulan su organización mediante una organización oligárquica y totalitaria, con ilimitada fuerza de coacción psíquica, lo que les lleva al dominio absoluto de sus miembros aunque ellos lo denominan "ayuda espiritual y religiosa"; h) porque la recaudación prima sobre la teología.

Quizá nada mejor que una frase de Alvaro del Portillo y otra de Escrivá, recogida por Salvador Bernal, para definir el espíritu judaico de la Obra. Decía el sucesor de Escrivá en la presidencia del Opus, Alvaro del Portillo: "¿por qué se ha de enfadar el enfermo con el bisturí, y más si el bisturí es de platino?" (177)  La frase de Escrivá pronunciada en Buenos Aires no es menos ilustrativa: "Tú y yo hemos de tocar todo lo que no sea intrínsecamente malo, pero con todo lo que es bueno o indiferente, sin inconveniente alguno hay que hacer lo del rey Midas: convertirlo en oro. ¿Está claro?" (178) Aunque cínicamente diría en 1972 en Barcelona que "el hecho de manejar dinero o de tenerlo, no quiere decir que se esté apegando a la riqueza".
(179) Esta última parecía una frase de remordimiento.

Al esconderse y agazaparse es prácticamente imposible saber quiénes son y qué cosa son en realidad los miembros del Opus Dei y sus colaboradores que son todos aquellos que sin serlo se convierten en "cómplices de las tinieblas". (180) Para algunos autores el Opus Dei ha venido a ocupar en la Iglesia Católica el papel que la masonería ocupó entre los liberales.

El espíritu de la Obra tiene una moral muy suya. No retroceden, en su fanatismo, en la eliminación de quienes molesten, estorben o impidan la realización de sus planes. Cuando alguien, de dentro o de fuera de la obra, resulte incómodo porque sabe demasiado, puede tener una muerte natural o un accidente que para el caso es lo mismo, si con ello se salvaguarda la Obra de Dios; eliminar al adversario o al miembro que convenga o sea peligroso. Ruiz Mateos, el empresario presidente del holding Rumasa, supernumerario del Opus, que conocía bien las cañerías de la Obra, ha llegado a decir a este respecto: "El gobierno y el Opus son capaces de matarme" (181) aunque después, por obediencia, se pueda extender una declaración oficial de defunción. Los judíos utilizan los mismos métodos. En el libro de Los Protocolos de los Sabios de Sión, durante la sesión XV se levantó el siguiente testimonio que obra al párrafo 145: "Todo hombre debe terminar por muerte. Conviene, pues, apresurar el fin de aquellos que estorban al progreso de nuestra Causa"

La apología del exterminio de las personas inconvenientes está respaldada por el propio Talmud que autoriza que "los traidores sean precipitados al pozo y no retirados". Con respecto al Opus se murmura que son ya decenas las muertes providenciales y extrañas, de personas que han fallecido en percances no aclarados y que su coincidencia o su convergencia eran sus vínculos de aversión o de confrontación interna o externa con respecto al Opus Dei. Incluso varios de los miembros, de los que por la labor que desempeñaban en el Opus, podrían saber demasiado, han sido hallados muertos en "accidentes que pudieron ser crímenes" (182) Albareda, López Bravo, Ruiz de Alda, los responsables de la contabilidad de Rumasa, López Amo... antes de que pudieran ser gargantas profundas.

Judíos y responsables que están en el secreto del Opus pueden llegar a ser pérfidos.

Si la simulación es su arma más eficaz, y una nota definitiva de su carácter, recordemos el caso de Maimónides, rabino perfectísimo por su ciencia, por su intolerancia y por su astucia, autor del libro que se considera un segundo Talmud, la Mishná Thora, de una ortodoxia que los escribas consideran audaz y rígida, incluso poniendo en tela de juicio a cualquier israelita que no acatara en su integridad su doctrina; pues bien, Maimónides, el rabino por excelencia, el prototipo de judío ortodoxo, el mayor doctor de la sinagoga, a quien se le ha llamado la antorcha de Israel, la luz del Oriente y del Occidente y a quien un adagio presentaba como el nuevo Moisés, "durante dieciséis o diecisiete años profesó exteriormente la doctrina musulmana". (183) Los elogios y la sublimación con la que los judíos tratan la figura de Maimónides, nos recuerda la consideración que le dispensan los miembros del Opus a Escrivá, que superó al propio Maimónides en la profesión exterior de la religión católica.

El Padre exhortaba y exigía que "todo se pasara por su cabeza y por su corazón", con lo que se aseguraba la judaización de todos los actos de la Obra.

La moral del Opus es talmúdica. Recurre cuando le conviene al engaño, la calumnia, el descrédito personal, la mentira constante, el fraude, la estafa, la coacción o el escándalo. Para el Opus no existen conceptos cristianos tales como dignidad, sentimientos nobles, valor personal, honorabilidad o fidelidad de palabra.

Cuenta una mujer que durante muchos años vinculó su vida al Opus que las circulares que se le impartían eran a veces del siguiente tenor: "nosotros llegaremos a tener parroquias propias, porque dan mucho y con muchos cepillos de todas las advocaciones y muchos confesionarios. Nadie se imagina lo que dan esas parroquias, cepillos y confesionarios. Los confesionarios son una lluvia constante de limosnas y donaciones y hasta de herencias insospechadas. La mejor penitencia es la limosna en esos cepillos para con esos medios hacer el apostolado..." (184)

A pesar de su estricta intolerancia, para ser del Opus no se precisa siquiera ser creyente, aunque su base jurídica sea la prelatura personal, base religiosa por antonomasia. Son exclusivistas religiosos, exclusivistas económicos y exclusivistas políticos... Son posesivos, pero carentes de generosidad. No comparten con los demás ni siquiera la figura de Dios, la Obra de Dios son sólo ellos. Es el rabino instalado en el interior de la Santa Madre Iglesia.

Su misión está claramente definida: serán un factor imprescindible en la época apocalíptica -puede ser la que estamos viviendo -. Entonces es cuando aparecen movimientos mesiánicos - como el Opus Dei - que se ofrecen para destruir el viejo edificio y para señalar el terreno y los materiales donde debe reemplazarse. Muestran gran dinamismo. Son el gusano que devora la manzana más sana.

En su aspecto de relación tanto los miembros del Opus, como los judíos son bastante insociables, por su carácter insolidario. Su exclusivismo les autoexcluye. Son intolerantes. Fastidian a todos sin querer que se les moleste. Son arrogantes en el éxito, serviles en la desgracia, cautelosos y acumuladores de dinero.

Por su forma de pensar y de actuar se puede llegar a la conclusión que recoge el libro de Abraham F. K. publicado en Israel bajo el título Un pueblo, una religión-misión donde se sostiene "que la religión de Cristo es la causa de los males que padece el mundo". (185)



REFERENCIAS                                                   


170. West, H. J., p 104.
171. Wast, "Oro", p 45.
172. Ibid, p 90.
173. Bernáldez, p 600.
174. Cristóbal, p 63.
175. Bernal, p 153.
176. Moreno, "El Opus Dei, anexo a una historia",  Planeta, 1976,  p 215.
177. Bernal, p 251.
178. Ibid, p 269.
179. Ibid, p 290.
180. Le Vaillant, op cit.
181. "Tiempo y Tribuna", Julio y Septiembre 1989.
182. Revista "Tiempo" (14 Agosto 1989).
183. Wast, "El Kahal", p 41.
184. Moreno, "La otra cara del Opus Dei", p 31.
185. Wast, Jesuitas etc., p 15.




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