CAPITULO I


LAS SECTAS Y EL OPUS DEI


5. COMUNIDAD DE ELEGIDOS: ADEPTOS E INICIADOS


Uno de los mejores estudios aparecidos en España sobre el tema de las sectas es el de Steven Hassan, que bajo el título Las técnicas de control mental de las sectas y cómo combatirlas, nos habla del "engaño celestial" en el que "Dios perdona el engaño de los "elegidos" si con ello se consiguen nuevos 'hijos espirituales'", y donde se reitera que deben considerar al Padre como el representante de Dios en la Tierra.

A los sectarios se les inocula la idea que por el mero hecho de formar, de ser parte del grupo o del clan, pertenecen a una casta diferente de elegidos, una comunidad de privilegiados, un núcleo de llamados, un círculo de predestinados.

Las sectas, con un componente religioso motivador, llevan al adicto a la necesidad de una experiencia personal de Dios y que, por consiguiente, se autodenominan elegidos, e incluso se les inculca que son "santos" respecto a los demás, (63) creando una superioridad artificial y vacua.

Otra idea que se les transmite a los miembros de las sectas es el carácter exclusivo y excluyente de su propio comportamiento. Esta condición exclusivista se traduce en la falsa idea de formar parte de la secta conlleva, automáticamente, al rechazo de cuantos no pertenecen a ella; en adelante, sólo interesa la secta y lo "demás" no cuenta.

El espejismo más evidente se manifiesta en que las sectas suelen presentarse como "camino de salvación", aparentando los más diversos itinerarios pero siendo todas coincidentes en un denominador común en relación con el mundo exterior a la propia secta, al que generalmente se le hace coincidir con el mal.

Este sentimiento de superioridad se consigue haciendo creer que todos los miembros de la secta van a sobrevivir gracias a una protección divina particular (64) generando ese sentimiento de superioridad la sensación de ser un "elegido", factor que no sólo cohesiona al grupo, sino que cambia su moralidad: los "pecadores" no han sido "elegidos", por lo tanto es justo que sean eliminados. No hay lástima ni perdón para el "pecador".

Otro fenómeno que se produce al hacer aparecer a toda la sociedad como hostil es que no sólo se aísla al adepto, sino que le plantea el germen del miedo que, convenientemente manipulado, se transformará en agresión cuando el líder lo ordene. (65)

En el Opus Dei, más fuerza tiene aún la sensación de que Dios, lo Absoluto, viene a ti a través de la Organización. Esta idea de que tu camino hacia la felicidad plena pasa por la Obra justifica todas las sumisiones que te impones o te imponen. (66) Las ansias de ser feliz y de no terminarse, de durar siempre, aquellas que hacían estremecer a Miguel de Unamuno cuando sintió la agonía de su cristianismo, son capaces de lograr todas las renuncias, si estás convencido de que son el precio de su realización.

En Opinión del escritor Evaristo Acevedo "El Opus parece dar a entender que sólo aquellos hispanos pertenecientes a su organización "están con Dios". Lo cual tiene un carácter de monopolio y exclusivismo que no encaja con mis criterios religiosos" (67).

María Angustias Moreno, durante  muchos años miembro del Opus Dei, nos aporta a este respecto un testimonio esclarecedor e ilustrativo, "¿Que dice la Obra de sí misma? Que es sencilla, que es auténtica; que sus socios son iguales a los demás hombres, son gente corriente en medio del mundo. Sin embargo, nada más llegar, inculcan exhaustivamente que ser de la Obra es algo maravilloso, lo mejor del mundo, lo más grande. Algo que, como lógica consecuencia hace mirar a los demás como desde un pedestal: se entra en la iluminación de los grandes misterios, se es elegido entre miles para formar parte de un cuerpo perfecto; los demás ¡qué pena! siguen allá abajo envueltos en las tinieblas del error, expuestos a todos los peligros. Por el hecho de ser de la Obra, siempre estará uno en lo cierto, se dará la doctrina segura a esos pobres equivocados, deformados, ignorantes e ingenuos; porque nada más llegar, uno ya está avalado, apoyado y garantizado por los directores, personas especialmente selectas (así deben concebirse) que poseen, por estar unidas al Padre, el don de lo inenarrable. Porque el Padre no se equivoca nunca, y en la Obra todo pasa por el Padre: "habéis de pasarlo todo por mi cabeza y por mi corazón", dijo repetidas veces Escrivá a los directores". (68)

Incluso
no se puede ser un buen cristiano, para el Opus Dei, si se tiene alguna tara, dolencia o enfermedad física. No se admite a personas que no hayan superado el minucioso reconocimiento médico al que son sometidos. El club de Dios está restringido a los sanos, como nos lo cuenta en su historia amarga una numeraria del Opus a la que le chocó un poco que un par de días antes de "pitar" -ingresar en la Obra - la dijeran que tenía que hacerse un reconocimiento médico. "¿Qué tenía que ver mi estado de salud para ser de la Obra? ¿lo importante no es tener vocación? ¿o es que si me descubrían piedras en el riñón, la vocación pasaba a ser una decisión en manos del médico? Esta joven tiene arritmias, olvidaros de todo lo que les habéis contado, no puede ser de la Obra... ¿Gracioso, no? La razón de este trámite es no cargar con una persona, aparentemente joven y sana, que al poco tiempo de hacerse de la Obra se la descubra algún tipo de enfermedad más o menos grave, porque tendrían que cuidar de ella y la Obra no quiere enfermos prematuros, aunque dos días antes del reconocimiento tuvieran 'claro' que tenía una vocación como un castillo. A mí no me encontraron nada. Eso sí, aconsejaron que no dijera nada en mi casa de lo del médico. Había que ser discreta."  (69)

En el librito Camino, escrito por el "líder carismático", aparecen también imágenes opuestas, evidentes entre contrarios: (70) dos tipos de hombre. En primer lugar, la imagen resplandeciente del superhombre, fiero, arrogante, voluntarioso, inconmovible en la ideología de sus jefes y con un desprecio de hierro para el resto; pistolero de Dios, eficaz y despersonalizador, disciplinado hasta el absurdo, intolerante, inquisidor, en busca de su absoluto.

Por otra parte la tierna imagen del humilde servidor, un poco vulnerable, modesto, ínfimo entre los ínfimos, con la mirada baja, la vista huidiza, perseguido, vejado por la hostilidad general, masoquista en ocasiones, hipócrita en otras, un poco muelle, tibio en todo, un tanto audaz, pero, sobre todo, nunca temerario, va en busca de una buena cama para morir en mal de amor. Las dos imágenes se superponen y se mezclan para formar el prototipo del "Hombre del Opus Dei" tal como se le encuentra en la vida.

Los socios y miembros del Opus tienen anulada, en ciertos aspectos, su capacidad de discernimiento al presentárseles y hacerles creer ciegamente que cualquier ataque contra la Obra de Dios son "calumnias" (71) cuando proceden de otros miembros de la Iglesia Católica.


REFERENCIAS                                                   

63. "Cuadernos de realidades sociales", Nos. 35-36, p 39.
64. Rodríguez, op cit, p 110.
65. Ibid, p 113.
66. Moncada, "El Opus Dei: Una interpretación", p 116.
67. Jardiel Poncela, op cit, p 41.
68. Moreno, María Angustias, "El Opus Dei, anexo a una historia", 5ta edición (Madrid: Ediciones Libertarías Prodhufi, March 1992), p 61.
69. "La historia amarga de una numeraria del Opus," Revista Marie Claire (Diciembre 1987).
70. "Le Vaillant", p 28.
71. Ynfante, op cit, p 363.


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